Salud y cuerpo
Dolor durante el sexo: por qué ocurre y cuándo acudir al médico
Por qué aparece el dolor durante el sexo, qué causas hay detrás de la dispareunia —de la vulvodinia y la endometriosis a la hipertonía del suelo pélvico— y cuándo es momento de acudir al médico.
El dolor durante las relaciones sexuales no está «en tu cabeza», no «se pasará solo» y no es algo que debas soportar por tu pareja. Según diversas estimaciones ginecológicas, una parte significativa de las mujeres y personas con vulva experimentan dispareunia (el término médico para las relaciones sexuales dolorosas) en algún momento de su vida. Los estudios internacionales sobre el dolor pélvico subrayan que la vulvodinia y la endometriosis se encuentran entre las causas más frecuentes —aunque todavía infradiagnosticadas— del sufrimiento en la esfera íntima[3].
Vamos a analizar por qué puede doler durante el sexo, qué mecanismos hay detrás y cuándo es momento de acudir al médico en lugar de buscar «la postura correcta» en TikTok.
Qué es la dispareunia y por qué no es tan infrecuente
La dispareunia es un dolor persistente o recurrente en la zona genital o pélvica asociado a la actividad sexual. Puede aparecer:
- al inicio de la penetración (dispareunia superficial): ardor, sensación de «quemazón» o de corte en la entrada de la vagina;
- con la penetración profunda (dispareunia profunda): dolor tirante o espasmódico en el bajo vientre o en la pelvis;
- después del sexo: molestias sordas que se mantienen durante horas o incluso días.
Importante: el dolor durante el sexo es un síntoma, no un diagnóstico. Detrás siempre hay una causa concreta: inflamación, cambios hormonales, hipersensibilidad neurológica, espasmo muscular, endometriosis, trauma psicológico o una combinación de todos ellos. Investigadores de la Universidad de Rochester subrayan que el dolor pélvico ginecológico es un problema global de salud pública, y que la endometriosis y la vulvodinia comparten mecanismos biológicos, entre ellos el papel de los receptores del dolor TRPV1[3].
Principales causas: desde la piel de la vulva hasta el fondo de la pelvis
1. Vulvodinia: cuando «simplemente duele» y el médico no ve nada
La vulvodinia es un dolor crónico en la zona de la vulva (ardor, hormigueo, sensación de «corte de papel») sin una infección evidente ni lesiones visibles. La mujer acude al ginecólogo, oye «está todo bien» y se va con la sensación de haberse vuelto loca. Pero el dolor sigue ahí.
Los estudios actuales muestran que la vulvodinia está relacionada con una hipersensibilidad de las terminaciones nerviosas, entre otras cosas con un funcionamiento alterado de los receptores TRPV1, esos mismos que reaccionan a los estímulos «ardientes». Este mecanismo es precisamente lo que emparenta la vulvodinia con la endometriosis y explica por qué el dolor aparece incluso con un roce ligero[3].
Lo que conviene saber:
- la vulvodinia es un diagnóstico real, no «psicosomática»;
- tiene tratamiento: anestésicos locales, fisioterapia del suelo pélvico, fármacos específicos, trabajo con un/a sexólogo/a;
- el diagnóstico se hace normalmente por exclusión, tras descartar infecciones, dermatosis y atrofia.
2. Endometriosis: la «principal sospechosa» del dolor profundo
Si el dolor aparece con la penetración profunda, se irradia hacia la zona lumbar o el recto, se intensifica antes de la menstruación y va acompañado de reglas dolorosas, es motivo para investigar una posible endometriosis. En esta enfermedad, un tejido similar al endometrio crece fuera del útero: en los ovarios, el peritoneo o los ligamentos pélvicos.
La dispareunia forma parte de la tríada clásica de síntomas de la endometriosis, junto con la dismenorrea y la infertilidad. Las investigaciones que analizan conjuntamente endometriosis y vulvodinia muestran que ambos cuadros están relacionados con la sensibilización central, un estado en el que el sistema nervioso «reaprende» a interpretar señales normales como dolor[3]. Por eso, en una misma paciente a menudo coexisten varios tipos de dolor pélvico.
3. Sequedad y cambios hormonales
La sequedad vaginal es una de las causas más subestimadas del dolor. Y no ocurre solo en la menopausia:
- al tomar anticonceptivos orales combinados;
- durante la lactancia;
- por antihistamínicos o antidepresivos (especialmente ISRS);
- durante la quimioterapia y la radioterapia;
- por excitación insuficiente y una transición demasiado rápida a la penetración.
En la menopausia y la perimenopausia bajan los niveles de estrógenos: la mucosa se vuelve más fina, menos elástica y se lesiona con más facilidad. Este cuadro se conoce como síndrome genitourinario de la menopausia y responde bien al tratamiento con estrógenos locales e hidratantes.
4. Hipertonía de la musculatura del suelo pélvico
Los músculos del suelo pélvico son la hamaca que sostiene los órganos pélvicos. En condiciones normales saben tanto contraerse como relajarse. Pero en muchas personas estos músculos se encuentran en un estado de espasmo crónico —por el estrés, la ansiedad, el hábito de «meter tripa», secuelas de traumas o de dolor prolongado.
Señales de hipertonía:
- sensación de «muro» al intentar la penetración;
- dolor con el tampón o el espéculo ginecológico;
- ganas frecuentes de orinar, estreñimiento;
- dolor en el cóccix o la zona lumbar tras el sexo.
El abordaje de este cuadro es tarea de un/a fisioterapeuta del suelo pélvico. Ningún ejercicio de Kegel va a ayudar aquí (y a menudo empeora la situación): se necesitan técnicas de relajación, respiración, trabajo manual suave y, en ocasiones, dilatadores vaginales bajo supervisión especializada.
5. Vaginismo
El vaginismo es la contracción involuntaria de los músculos de la vagina al intentar la penetración. El cuerpo literalmente «se cierra», aunque mentalmente la persona quiera tener sexo. A menudo el vaginismo se asocia a experiencias negativas tempranas, al miedo al dolor o a creencias sobre la «suciedad» del sexo, pero también puede aparecer sin una causa evidente.
La buena noticia: el vaginismo es uno de los trastornos sexuales que mejor responden al tratamiento. La combinación de psicoterapia, trabajo corporal y desensibilización progresiva da resultado en la mayoría de las pacientes.
6. Infecciones e inflamaciones
Candidiasis, vaginosis bacteriana, ITS, cistitis, enfermedad inflamatoria pélvica: todo esto puede provocar dolor agudo o sordo. Aquí el diagnóstico es sencillo: cultivos, PCR, ecografía. Y es lo primero que el médico debe descartar.
7. Causas psicológicas: no «en la cabeza», sino «a través de la cabeza hacia el cuerpo»
La ansiedad, la depresión, un trauma no elaborado, los conflictos en la pareja o la sensación de falta de seguridad influyen en la excitación, la lubricación y el tono muscular. Esto no significa que el dolor sea «inventado». Significa que cerebro y cuerpo son un mismo sistema.
Las investigaciones del Instituto Gottman sobre relaciones a largo plazo demuestran que la calidad del vínculo emocional y la capacidad de la pareja para hablar de lo difícil influyen directamente en la satisfacción sexual y en cómo los miembros de la pareja afrontan las dificultades corporales[1]. Las parejas que saben hablar del dolor sin reproches encuentran soluciones con más frecuencia, tanto médicas como relacionales[2].
Cuándo acudir al médico: no «aguantar», sino ir
Las sociedades ginecológicas internacionales, incluida la ACOG (Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos), coinciden: cualquier dolor persistente durante el sexo es motivo de consulta. No «si empeora», no «se pasará tras el parto», sino ahora.
Acude al médico si:
- el dolor se repite más de 2–3 veces seguidas;
- evitas el sexo por miedo al dolor;
- el dolor va acompañado de sangrado, flujo o fiebre;
- hay menstruaciones dolorosas, dolor fuera del sexo, dolor al orinar o al defecar;
- el dolor apareció después del parto, una cirugía o la menopausia y no remite;
- experimentas malestar emocional, ansiedad o descenso de la libido por el dolor.
A quién acudir:
- Ginecólogo/a: primer punto de contacto. Es ideal si está especializado/a en dolor pélvico o medicina sexual.
- Fisioterapeuta del suelo pélvico: cuando se sospecha un componente muscular.
- Sexólogo/a o psicoterapeuta: en casos de vaginismo, reacciones postraumáticas o conflictos de pareja.
- Dermatólogo/a o vulvólogo/a: ante sospecha de liquen escleroso u otras dermatosis vulvares.
Cómo hablar con el médico (y con la pareja)
Muchas mujeres viven años con dolor porque les da vergüenza o porque han sido invalidadas: «Relájate», «Tómate un vino», «Es normal». No es normal.
Lo que ayuda en la consulta:
- anota antes: dónde duele, cuánto tiempo lleva, en qué circunstancias, qué lo empeora y qué lo alivia;
- usa palabras concretas: «ardor», «escozor», «espasmo», «dolor profundo tirante»;
- di claramente: «Quiero entender la causa, no simplemente que me digan que aguante»;
- si un médico invalida tus síntomas, tienes derecho a cambiar de profesional.
Hablar con la pareja es otra tarea. Los estudios muestran que una conversación por voz aporta mucho más entendimiento y genera menos conflicto que los mensajes de texto, y esto vale para todos los temas complicados, incluidos los íntimos[6]. No hables del dolor en la cama justo después de un intento fallido: elige un momento y un lugar neutrales, habla en primera persona («me duele», «tengo miedo», «necesito…») y no en formato de reproche.
Qué puedes hacer por tu cuenta —mientras tanto y en paralelo
El autocuidado no sustituye al médico, pero alivia la vida:
- Lubricantes con base de agua o silicona. No son «para las que no se excitan», sino para el confort. Los puede usar cualquiera y siempre.
- Más tiempo de juego previo. Fisiológicamente, una mujer necesita de media 20 minutos o más para excitarse y lubricarse por completo.
- Un baño caliente antes del sexo. Relaja los músculos del suelo pélvico.
- Prácticas respiratorias. Una exhalación lenta activa el sistema nervioso parasimpático y reduce el tono muscular.
- Posturas en las que tú controlas la profundidad y el ritmo. Por ejemplo, encima o de lado.
- Pausa. Permitirte no tener sexo con penetración mientras dura el tratamiento no es «renunciar a la intimidad», sino cuidarla.
Lo esencial
El dolor durante el sexo es una señal, no una sentencia ni una «cruz femenina». Detrás siempre hay una causa fisiológica, neurológica, hormonal o psicológica que se puede identificar y con la que se puede trabajar. La medicina actual sabe muchísimo más sobre la vulvodinia, la endometriosis y la hipertonía del suelo pélvico que hace diez años[3], y en la mayoría de las pacientes se consigue mejorar significativamente la calidad de vida y del sexo.
No estás «rota». No eres «demasiado sensible». Tu cuerpo está enviando una señal —y merece ser escuchado. Por ti y por tu pareja.
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¿Puede desaparecer solo el dolor durante el sexo?
Un episodio puntual, relacionado con excitación insuficiente, cansancio o estrés, puede efectivamente no repetirse. Pero si el dolor aparece de forma habitual, no suele desaparecer por sí solo: detrás hay una causa concreta —desde la sequedad o una infección hasta la endometriosis o la hipertonía del suelo pélvico—. Cuanto más se aguanta, más se fija el reflejo «sexo = dolor» y más cuesta después deshacerlo.
¿Cómo distinguir la vulvodinia de una infección?
Las infecciones suelen ir acompañadas de flujo, olor, picor y a veces fiebre, y se ven claramente en los cultivos. La vulvodinia es un ardor o escozor persistente en la entrada de la vagina sin inflamación visible y con analíticas «limpias». El diagnóstico exacto lo hace el/la ginecólogo/a por exclusión, así que es importante no auto-tratar una supuesta candidiasis durante años y llegar a un/a especialista en dolor pélvico.
¿Ayudan los ejercicios de Kegel con el dolor durante el sexo?
No siempre —y a menudo es al revés. Si la causa del dolor es una hipertonía del suelo pélvico (una situación muy frecuente), los Kegel solo intensifican el espasmo. En estos casos se necesitan técnicas de relajación, prácticas respiratorias y trabajo con un/a fisioterapeuta del suelo pélvico. Antes de «tonificar» los músculos conviene entender en qué estado están.
¿Cómo hablo con mi pareja sobre el dolor que siento?
Elige un momento neutral fuera del dormitorio y habla en primera persona: «me duele», «tengo miedo», «para mí es importante entender qué pasa». Una conversación por voz funciona mejor que la mensajería: los estudios muestran que la comunicación oral aporta más entendimiento y menos conflicto en los temas difíciles. Aclara que no tiene que ver con tu pareja ni con la falta de deseo, sino con tu salud, y propón un plan de acción conjunto.
¿A qué médico acudir en primer lugar?
Empieza por un/a ginecólogo/a, preferiblemente con experiencia en dolor pélvico o medicina sexual. Descartará infecciones, valorará el estado de la mucosa, pedirá una ecografía y, si es necesario, te derivará a un/a fisioterapeuta del suelo pélvico, vulvólogo/a o sexólogo/a. Si el/la profesional invalida tus quejas y te aconseja «relajarte» o «tomar una copa de vino», es motivo para buscar a otro/a especialista.
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- Thirty Years Later — The Gottman Institute
- Love on a Tuesday Afternoon — The Gottman Institute
- Pelvic Pain and Endometriosis - Research Projects - Falsetta Lab - URochester Medicine — University of Rochester Medical Center
- Where To Look For Joy | Greater Good — Greater Good (Berkeley)
- The Ups and Downs of Communal Living — Greater Good (Berkeley)
- Is Talking or Texting Better for Disagreements? — Greater Good (Berkeley)
- How Can We Make Relationships the Heart of Schools? — Greater Good (Berkeley)
- How to Create a Future Where Everyone Belongs — Greater Good (Berkeley)